el político inglés William Gladstone, como Nietzsche y Goethe, era fanático de Homero, lo leía tanto como la Biblia. Fue así que al poco de emprender una gran obra sobre el supuesto griego, se dio cuenta que cuando una cosa aparece asociada a un color lo hace de formas muy extrañas. «El oscuro mar color vino» es la manera más famosa con la que se refiere al color del mar, «vino como el hierro»; vino, diría, como los bueyes o como las ovejas en las cuevas de los cíclopes. Así, en otras partes de la Ilíada y la Odisea aparece que «la miel y las pálidas caras de miedo» eran color verde. La realidad es que, en Homero, como en las primeras televisiones, hay pocos colores y casi todo es blanco y negro; nada es azul.

El azul nació en nuestro idioma, como tantas otras cosas, por los años en que los sabios árabes vivieron en gran número en la península ibérica. Un par de siglos que a los españoles aún les cuesta admitir. Surgió del árabe vulgar lāzûrd– (no tengo idea de cómo se pronuncia) en semejanza al lapislázuli, la piedra con que los egipcios creaban escarabajos sagrados y con que los moches peruanos daban vida a su objetos rituales.

Reo tahiti: Pape moe
Paul Gauguin (18481903)

Años después de las observaciones de Gladstone, el filólogo Lazarus Geiger siguió el mismo hilo y notó que también faltaba el color azul en los antiguos textos islandeses, chinos, hebreos, hindúes y varios otros. Entonces se puso a comparar los libros y encontró que las culturas nombraban primero lo blanco y lo negro para, luego, con el paso del tiempo, hablar del rojo y de ahí el amarillo y el verde para, muchomucho tiempo después, nombrar el azul. Casi siempre en ese mismo orden, casi siempre el rojo al inicio y el azul al final.

Es el proceso de humanización en nuestra especie. Ir de la polaridad del blanco y el negro al azul, color humano. Salvo el mar y el cielo, del que ni las aves ni los peces saben algo, es muy raro en la naturaleza. Pero seguro eso ya lo habíamos descubierto estos días que el azul de las pantallas ha sustituido el del cielo.

Aunque tardaron, al final los filólogos descubrieron que no todo era desierto: los egipcios, que como los mayas formaron inexplicables pirámides, sí crearon una palabra para el color azul. Es un detalle perdido en el tiempo, como las noticias e imágenes del mundo que insisten en la abundancia del rojo, como la sangre y el barro. Esto aunque no nos digan que la parte más cálida del fuego es la azul




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