[ Bocadillos ]
Palabras de la naturaleza — 1
Del 8 de agosto del 2020
en comunidades sin escritura poco o nada importan la izquierda y la derecha. La diferencia no sirve cuando habitamos un mundo con pocas con cosas en dos dimensiones: letras o dibujos sobre papel, por ejemplo. Lo que sí es común más allá de la escritura es la distinción entre el arriba y el abajo. Relevante para una existencia donde lidiar con la gravedad es tan inevitable como la muerte.
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Pasan cosas muy extrañas en el mundo. Pienso en árboles como los eucaliptos, algunos robles y el mangle prieto, que son bastante tímidos entre ellos. Suben pretendiendo el sol sin que jamás se toquen sus copas, incluso aunque estén todos arracimados desde la tierra. Y, si levantamos la vista cuando esto árboles han crecido lo suficiente, veremos que, sin tocarse, dibujan paisajes parecidos a lo que se puede ver desde la ventanilla de un avión: las venas de la naturaleza formando paisajes.

No se sabe realmente por qué ocurre eso. Hay entre los árboles una misteriosa comunicación que va desde las raíces hasta los sonidos – que les permite tener una susurrante conversación sobre el aire. Una secreta plática que los hace crecer en red para evitar que sus ramas se lastimen o que éstas impidan el camino del sol hacia árboles más jóvenes. O quizá sólo lo hacen para entorpecer el tránsito de los obsesivos insectos que pueden comer cruzando sus hojas. Aunque finalmente no se sepa a ciencia cierta por qué sucede este fenómeno ha recibido el nombre humano de: «timidez de la copa».
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Igual existe entre el puerto de San Blas y Taiwán una distancia tal que, si el motor de un barco pescadero se llegara a descomponer, haría de los tripulantes unos náufragos prisioneros del mar por más de nueve meses. Sería casi un año en un infierno de agua al que solo podrían sobrevivir un par de tiburoneros –los más respetados entre los pescadores– que, a fuerza de combatir diariamente el mutiplicado reflejo del sol, han ganado una extraordinaria condición física.

Si esto llegara a ocurrir, sin importar mucho que nadie les crea su experiencia, los cazadores del agua podrían relatar cómo –en medio del pacífico– hay pescados tan acostumbrados a saltar que, al encuentro con una balsa cualquiera se entregan a un destino que inicia con su muerte sobre la madera, continúa con el secado de su cuerpo con una playera vieja y concluye con los cortes de filete en el que se transforman sus cadáveres antes de ser ofrecidos al sol que lo vuelvan alimento de los náufragos. Tal y como relataron Lucio Rendón y Chavita, quienes entre 2005 y 2006 vencieron, con una panga, al infierno que se tiende entre San Blas y Taiwán. Un trayecto de más de ocho mil kilómetros del que no le sobrevivieron tantas palabras, pero sí el recuerdo de los peces voladores del pacífico.
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Hay una ternura que se desliza entre estas y otras miles de cosas que sólo se revelan al asomar la cabeza por sobre lo humano. Una que nos recuerda que el mundo es inabarcable y que, frente a su vorágine, no queda sino emprender el trabajo de reelaborar nuestro lenguaje: lejos de las palabras, más cerca de los gestos.




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