Poemas
En 2018, en algún libro de poesía, encontré que «rojo» viene del latín «russus», pero nada más. Eso tendría que importar de alguna manera, ¿no? Bueno, pues ante la duda surgió más poesía… Así se fue construyendo un largo poema sobre el color, las historias familiares y el lenguaje.
En 2021 aparecieron las primeras 3 partes en Pequeña obra completa, en 2022 salió en publicaciones de Argentina, Chile, España y Centroamérica. Después conocí a Felipe Ehrenberg y a Ulises Carrión con quienes me adentré en la idea de libro–obra. Fue así que en 2023 Russus se convirtió en un proyecto en el que asumí por completo la hechura del libro añadiendo una dimensión gráfica.
Aún se puede encontrar en las librerías de la CDMX EXIT y El Desastre (más info acá). Sin embargo, no había compartido públicamente el contenido de las últimas dos partes en su forma final. Acá la IV.
[ IV ]
Y, sin embargo, lo rojo nos sobrevive
Lo rojo,
eso que las piedras conciertan
con sus nacimientos.
Eso rojo que nace
entre la mansedad de las fosas
donde descalzas piedras descienden
afilando el canto.
Eso que da paso
a las ondas electromagnéticas
que dan orden
a lo rojo vibrando a nuestro
alrededor.
El sol y la luna que delinean esta piel de arcilla,
el espacio que ocupa la existencia,
y la planificación de la tierra,
la fijación de las embarazadas
con sus líneas,
su hartazgo de ellas mismas en las manos
de otros,
la mano transparentada en
la epidermis
como semilla brotando en la semilla.
Pero no importa cuántas apologías del rojo existan,
la parte azul de la llama es la más calurosa;
la que exterminó a los agonizantes
mosquitos en la costa
como niños en guerra.
Y el azul de tanto azul se vuelve hambre,
se vuelve los niños cruzados
por la idea loca de seguir a Dios
por el desierto,
como piedras vagabundas por la creencia
de un azul casi azul
de un azul diluido entre el logo de Monsanto
y la amarillenta escoria de Amazon
la roja obsesión capitalista
de los que detrás de un escritorio
convirtieron a Darwin en su opuesto,
en el que odia la cooperación y prefiere dejar
su cadáver para látigo
para juguete de un berrinchudo niño
que montará cohetes espaciales
antes de buscar el amor.
ESO
Y NADA MÁS QUE ESO
lo mismo pinches eso.
La soledad
humana y niña
la pobreza de cariño,
la soledad
emberrinchada
y sus ansias de poder.
Su miedo a ser
como el tiempo
que todo lo reinicia.
Como los lingüistas que siempre vuelven a Saussure,
los filósofos = a Sócrates,
los biólogos = a Darwin
y los escritores y médicos a las historias familiares
porque eso que todos vemos ni es cielo ni es azul:
ES una historia contada para
nuestras enredadas familias
o para el viejo Hesíodo
que se sentía habitar un mundo viejo
y quería que le contaran historias
para que por un momento se le olvidara la obsesión
de soñar con los ídolos de los bosques
los que amando almendradas bellotas
desconocieron lo tuyo y lo mío,
nuestros universos equidistantes
el principio de la atmósfera, el oxígeno y el fuego
con su parte azul.
Azul, como las ondas cortas del sol
que quedan atrapadas en el cielo.
Un azul como céfiro australiano.
Las hormigas que descubrieron
la agricultura.
Antes que los seres humanos.
Millones de años antes.
Cuando estábamos entretenidos con
la música.
Con el corazón del mundo latiendo en
un tambor.
Pero no importa cuántas apologías
del rojo existan,
es el azul el verdadero corazón de lo que nos
rodea,
el círculo inmediato al que volvemos
aunque no sea del todo azul
como deshaciéndose leve y silenciosamente
ante el encuentro del lapislázuli, azul
de azules
que escala las palabras
pretendiendo ser uno de esos
parados sobre el lenguaje
como si ni Dios pudiera derribarme
aunque sea un toro enfurecido,
una cruz en el camino
o un intento del ser donde
confluye todo
lenguaje
como campo reventado
un azul tan azul que araña
el irrecuperable día a día
enturbiado por el tiempo
que todo lo reinicia
y es azul y mortal a la vez
es una piedra diluida en erotismo,
el pulso de un instrumento
que tamborilea
como diamante,
como átomo conformándose
en diamante.
Pero es azul
tiene que ser azul.
Una llama endurecida en el olvido,
la antigua soledad en llamas,
de la que hablaba mi abuela
en la cocina
cuando pulsaba
cada nota del lenguaje con los dedos.
Pero no importa
cuántas apologías
del rojo existan,
la parte azul de la llama es la más calurosa.
La lontananza azul que sirve de guía
a los perros callejeros
que terminan arrodillados,
que buscan un Ítaca azul
perseguida por caballos
obsesionados desde el final
del periodo terciario
y todo el cuaternario,
con lo glacial a lo posglacial
como judíos errantes
que hacen libertad al vislumbrarla
al imaginarla
como un rojo endurecido
en el canto de aves picudas
agujereando el día, el cielo
y todo lo que se mueve
como el pueblo en el que nacimos o
parecido a uno
porque cada especie tiende a
la expansión
al rojo, al azul o a lo que venga;
a los restos dormidos en el seno de Asia,
a los restos de los caballos
que murieron en la abundancia de comida
que no pudieron con la falta de apoyo mutuo
con la falta de lenguaje de un código
que fuera hogar y ruina a la vez
un lenguaje con el que comprendieran
que el dolor es incalculable
porque no importa el tamaño de la piedra
sino la historia
con la que se confronta su impacto
para supervivencia
de aquellos que sueñen centauros
donde los más aptos son los más sobrevivientes,
los que tras la catástrofe consagran su vida a pagar
una deuda
con la vida misma
con la sobrevida
los que se adaptan a sobrevivir con
la salud destrozada
y a veces sueñan con ser despedazados por el mar
por el celeste marido de la tierra, el mar
y no quede sino lo azul.

Rojo
Es el color más común en la naturaleza y el primero en conceptualizarse en casi todas las culturas humanas.




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