EN la superficie, la única diferencia entre la prosa y la poesía es que la primera se escribe y lee de corrido, mientras que la segunda lee a pedazos: con oraciones dislocadas, grandes espacios en blanco y hasta adornos. En el fondo, esto es lo de menos. Uno y otro vienen de lugares completamente distintos. Mientras la prosa busca entregar un significado (que entre más cerrado y concreto mejor), la poesía (sea en la forma que sea) busca sugerir: hacer que más allá del significado, el escucha o el lector, se conmueva.

Es así que se pueden escribir poemas en prosa o fantásticos cuentos que, por su temática y compromiso con el lector, hay que reconocer como poesía. Es en esta última categoría en la que relucen personas como Rodrigo Revilla, un artista de la ecoliteratura cuyo trabajo no solo es importante sino urgente. Lo conocí en 2023 gracias a una de las primeras ediciones de lo que hoy es el taller No me dio tiempo, pero quiero leer. Llegó por la sesión dedicada a la ecopoesía y entonces, como ahora, agradezco profundamente su trabajo: una apuesta por la acción del lector, una invitación profunda a ir más allá del significado para volver a nuestro mundo y actuar con y por él. Gracias, Rodrigo.


[ Varamiento ]

A J. G. Ballard


UNA MAÑANA DE INVIERNO llegué a la playa lo más rápido que pude por la noticia de un varamiento. Era una ballena blanca, gigantesca y brillante, que yacía muerta en la orilla, como formando una montaña entre las pequeñas olas que reventaban y se extinguían, y los imprudentes humanos que se acercaban para verla.

Me preguntaba cómo un ejemplar de esta especie había arribado tan lejos de su territorio. No había señales de algo inusual que hubiese provocado su muerte: el cuerpo estaba intacto, salvo los ojos, que presentaban un tono carmesí, pero no presté atención a eso en un principio. Por lo demás, era una maravilla contemplar tan imponente ejemplar. En el transcurso de la mañana llegaron más personas: niños, parejas, familias, policías, profesores, periodistas, activistas ambientales y científicos. Se formó una mancha humana que intentaba acumularse todo lo posible para tocar la piel lisa de la ballena.

Me quedé a un lado, contemplando al animal y a la gente, quienes nunca imaginaron ver a una ballena blanca varada en la costa tan al sur del continente. Oía las conjeturas de los activistas y pobladores, hablaban sobre pesca ilegal a unos kilómetros y, por otro lado, un derrame de petróleo. Intentaba no inmiscuirme para compartir mis suposiciones. Tuve el impulso en un par de ocasiones, pero dejé que hablaran e inventaran historias, mientras me concentraba de un modo inigualable ante lo que significaba, para mí y en lo más íntimo, tener a una ballena de esta clase en la orilla de una playa ahora concurrida. Casi todos andaban entusiasmados y contentos por esta exhibición. Yo no. Trataba de conectarme con algún resto de sufrimiento que pudo experimentar el animal antes de que la corriente lo arrastrara.

La ballena varada se convirtió en el centro de atracción no sólo para locales, también para turistas. Se comunicó por las televisoras, radio e internet el varamiento de una ballena blanca, un fortuito incidente en las costas al sur de la región, en una época en la que la temperatura desciende de manera considerable. Mucho se debatió sobre lo que provocó su deceso. Vi a dos aparentes científicos que se llevaron muestras de sangre. También participaron en las conversaciones ansiosas para determinar una solución al enigma. En cambio, yo advertía cierta anomalía sobre los últimos segundos de vida del animal. Algo que vio, sintió y tal vez tragó. Algo que no se reflejaba en el estado del cadáver, en todo lo largo y ancho de la criatura, ni siquiera en la piel húmeda, sino en la señal de auxilio silencioso que me ofrecían sus ojos. Al mismo tiempo, quería saber qué cosas habría visto este imponente mamífero. Cuántas vidas en distintas formas. Cuántas costas y profundidades, cuántas luces y oscuridades, cuántos peligros y salvaciones.

Era todo lo que podía suponer, no quería entrometerme como los demás, era una falta de respeto. La ballena parecía una pendiente adicional en la formación irregular del paisaje costero. De cuando en cuando, aparecían más personalidades de la ciudad para tomar fotografías. Eso fue antes del olor a descomposición que se extendió, creo, hasta el otro lado del distrito. Sin embargo y por fin, una red de rescate asistió para trasladar el cuerpo y limpiar el trecho de playa que sirvió como morada final. No podría argumentar que esta situación fuese consecuencia de un ciclo de vida, porque sabía con claridad que era una aproximación equivocada a una respuesta que estaba escrita al frente, en mis narices. Esta red contactó a los científicos que tomaron las muestras y les interrogaron. Parece que hubo una trifulca que no sé en qué terminó, anunciaron que la ballena estaba repleta de microplásticos. Lo más horripilante vino a continuación.

Si bien anunciaron lo que hallaron en el interior del animal, también detectaron un virus todavía desconocido. Lo tenía la ballena y sólo la ballena. Guardaron el agente patógeno en un laboratorio para su posterior investigación. Aún no había comentarios por parte de las autoridades ni del sector pesquero cercano. Nadie declaró alguna eventualidad en el océano.

Como se esperaba, cercaron la playa y la pusieron en cuarentena. Hicieron un enorme trabajo para localizar a quienes estuvieron presentes en el leve circo armado durante la estadía del cuerpo en la orilla. Los pusieron en vigilancia en busca de posibles síntomas del virus que pudo transmitirse con un sólo toque. No sabíamos si era contagioso, pero por si acaso, todos estuvieron aislados por dos semanas. Me incluyeron en ese grupo.

No presenté síntomas, pese a que estuve monitoreado día y noche. No había señales de alarma más que mis pensamientos, ideas y sueños, quizás pesadillas sobre la ballena y ese virus misterioso, sin nombre, que yacía impertérrito en un laboratorio. Pasaron dos meses y escribí unos textos que plasmaban mi postura sobre la circunstancia de la ballena muerta en la playa. ¿Qué pasó en esa cúspide de agonía antes de resbalar en el piso duro de arena gris? Nadie lo sabe ni lo sabrán, sólo los ojos y lo que se hallaba en el cuerpo de la criatura especial, muerta, aunque viva en mí, y como fútil atracción para los individuos que no se conectan con ese entorno al que también pertenecemos.

Esta es la historia de la ballena varada, de esa ballena blanca en particular, porque semanas después hubo más. Despierto un día con un resplandor en la cara y un olor espantoso, hediondo y sal. Voy a la playa con el permiso para transitar de forma libre y veo no una, sino ocho ballenas, entre orcas, cachalotes, blancas, jorobadas y barbadas. Todas en una especie de reunión post mortem, en fila, a la espera de la investigación o de la curiosidad, pero ahora ya no nos acercamos, mantenemos la distancia.

Hay algo insólito en esta situación, como varios problemas que ennegrecen el agua de la que salen animales deformes y enfermos. Las aves carroñeras vuelan en círculo con la intención de aterrizar en cualquier momento. Me retiro. Declaran el área contaminada. Nos someten a más pruebas y, mientras pasan los días y las semanas,  llegan más ballenas y otras criaturas del océano, sin vida, a las playas.


Rodrigo Revilla Calle (Lima, Perú, 1994)

Estudió Literatura en la Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP). Sus cuentos han sido
publicados en revistas literarias digitales de Perú y México, y en una antología física en Perú. Es
editor, escritor e investigador independiente de ecoliteratura con especialización en
ecoficción”. Dicta talleres de econarrativa y es director del proyecto de creación y difusión
literariaeditorial llamado Búho Eléctrico.

Su trabajo de edición y redacción sobre temas
ambientales se enfoca en la relación entre la literatura, el lenguaje y la crisis ecológica en
Sudamérica a partir de la exploración de las historias de ficción y no ficción sobre la defensa
del territorio, las miradas más allá de lo humano y el futuro climático de la región. Entre los
libros que ha editado se encuentran Kutimusaq y otras ecoficciones (2022), Árboles sobre el desierto. Ecopoesía escrita por mujeres (2023) y Ser planta. Herbario poético urbano (2024), Raíces de esperanza (2024) y La extraña orquídea floreció en el sur. Cuentos de ecohorror (2024).



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