[ Poesía sin libros ]
Daniela Ivette Aguilar (1991)
EL surgimiento de la escritura entre los humanos es una cosa más bien rara. De la infinidad de culturas que han existido solo cinco de ellas han tenido escritura. Surgen cuando hay un problema muy grande, como la demasiada memoria; pero también, y eso solo me lo pudo enseñar con su trabajo y amistad alguien como Daniela, cuando algo es tan necesario entre nosotros que hay que procurar su cuidado. Aunque no lo parezca – Poesía sin libros – en el fondo también es una forma de devolver el cariño a los libros, esos de los que aún mana vida y vale la pena cuidar. Lo dicen y sugieren el último Darwin, el mejor Kropotkin y la extraordinaria Daniela. Aunque ya no lo parezca el lenguaje puede ser eso: nuestro mejor canal de cuidado y crecimiento mutuo. Aquí tres textos para conocerla.
[ Lo que pensé mientras pelaba una toronja ]
UNA toronja es un prodigio. Eso me digo mientras siento cómo explota en mi boca cada saquito de jugo del gajo que exprimo entre los dientes.
Las toronjas no están hechas para quienes viven con prisa. Su anatomía exige usar todos los dedos para pelar la piel y luego retirar una a una las sucesivas capas blancas, delgadas y suaves que envuelven los gajos. Pelar una toronja previene al mismo tiempo la ansiedad y el síndrome del túnel carpiano.
Qué delicioso es su aroma: diario me perfumaría con él si pudiera. Entre todos los matices del rosa, el de la toronja es uno de mis predilectos.
Mientras mastico otro gajo, recuerdo que en las canciones tradicionales los antiguos hablaban de amor con cítricos: naranjas para sí, limones para no. Si fuera yo, cambiaría las naranjas por toronjas.
La palabra toronja es dulce y fresca como la fruta que nombra, sin duda, uno de los legados más bellos del árabe para el español. El nombre científico de la toronja es Citrus paradisi. Concuerdo con quien lo haya elegido: una toronja es un refugio dondequiera que una se encuentre.
Pelar una toronja exige uno de los bienes más preciados: tiempo. Los minutos se detienen mientras una se lleva a la boca los diez gajos que la conforman, me gusta mi soledad mientras me como una toronja.
Antes de terminarla, me pregunto si existe una forma de decirle al muchacho que a veces habita mis pensamientos que su soledad puede reposar tranquila junto a la mía. que cuando quiera podemos pelar juntos una toronja.
• • •
[ Este no es un poema sobre la fauna silvestre ]
Vi la agonía a los ojos
y no pude aliviarla.
Levanté con cuidado
aquel pájaro herido,
con el pico astillado
y las alas rotas.
Lo acuné junto a mi pecho.
Cuando murió, lo enterré
y me alejé llorando.
Pero que nunca olvide
que no hay quien haya mecido
con más amor a un desahuciado.
• • •
[ Heridas ]
Un día al despertar
me vi cubierta de heridas.
Me dediqué por días a examinarlas.
Palpé sus contornos con cuidado.
Les di nombre una por una.
Las clasifiqué por orden cronológico,
por tamaño, por profundidad,
por origen.
Me sorprendió que, siendo tantas,
las hubiera ignorado hasta entonces:
fieles compañeras,
evidencia de batallas olvidadas.

Daniela Ivette Aguilar (Ciudad de México, 1991)
Editora y lexicógrafa. Estudió Lengua y Literaturas Hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Le encanta hacer cosas con palabras: escribirlas, leerlas, editarlas, corregirlas, estudiarlas y enseñarlas. Actualmente es Coordinadora de Publicaciones de la Facultad de Artes y Diseño de la UNAM y hace collage en: @fibrayhebra




Deja un comentario