CUANDO solo tiene anotadas palabras, un libro no es más que una secuencia de ecos. Resulta que el lenguaje, cuando está vivo, se agita con tanto gozo y alegría que si se le fija, en un libro, éste tarda muy poco en morir. De ahí que los libros sean fríos como cementerio y que, quien se ha acostumbrado mucho a leer y poco a escuchar, termine por solo saber conversar consigo mismo, como en un rebote propio. Pero por el contrario, cuando alguien encuentra ese equilibrio justo puede comunicarse más allá de las palabras y su conversación será cosecha de asombros. Ese es Ariel, que por coincidencia nos conocimos y bien pronto fue noticia para alegrarse, porque también las sospechas eran ciertas: es un tremendo escritor. Aquí un poema y un cuento.


[ Saturno]

Parado aquí frente al cuadro no se siente el calor del verano.


Es puro frío.


¿Cuánto tiempo llevo aquí? ¿A qué hora cierran el museo?


Es puro frío.


Saturno devorando a su hijo. Goya.


Es puro frío.


Saturno, padre de los dioses. Y está hambriento.


Su rostro es vergüenza y sorpresa. El titán ha sido pillado en pleno acto caníbal. Filicidio nivel


nota roja. Es puro frío.


Saturno es el tiempo y pasa. Pero pasa que no puede dejar de pasar.


Porque como tiempo que es, devora todo a su paso. Y pasa.


¿Cuántas horas llevo aquí? ¿A qué hora cierran el museo?


¿Y la calefacción? Bien gracias.


Saturno es también Cronos devorándolo todo.


A su hijo en el cuadro. A los demás hijosdios según la historia.


Y desde la pintura nos mira con sorpresa y vergüenza.


De ser lo que es y hacer lo que hace.


De no poder ser otra cosa que un tragón de mierda.


Porque el tiempo se devora al mar. Tráiganle una esquela a Neptuno.


Porque el tiempo se traga de un bocado al sol. Dos coronas para Apolo si me hacen favor.


Porque el tiempo acaba con el amor. Así que a Venus también se la puede cargar la chingada. Y


a Plutón, Ceres, Juno y quien se deje.


El tiempo es puro frío. Así mi reloj marque 38 grados.

Y Saturno es el tiempo y pasa. Sin poder ser otra cosa. Sin poder evitarlo.


Saturno pasa. Pero pasa que Saturno es padre y como padre también devora a sus hijos.


Sin el placer de hacerlo. Pero con total voluntad.


Como cada padre. Como toda madre. Pasa.


Como cada esperanza puesta en todo vástago. Como ese complejo involuntario que fue sembrado


gen a gen. Como cada trauma resiliente. Como ese compulsivo deseo de finalizar lo que mamá


no alcanzó. Lo que papá no supo descifrar. Sus anhelos, inseguridades, valores. Esa aprobación


progenitora hecha con un leve movimiento de ceja. Sacaste las cejas de tu madre”.


Y Saturno, el padre tiempo, nos mira como Cronos miró a Zeus. “Corre amor. No sé hacer otra


cosa que esto que hago. No sé ser más que lo que soy.


Así como el tiempo mira todo aquello que va a destruir, miran los padres a sus hijos de vez en


vez. A sabiendas de lo rotos que están por dentro. Escóndete Zeus, luz de mi corazón.


Escóndete Júpiter o como sea que te llames cariño. Que si te atrapo te voy a devorar hasta el


último hueso. Qué puto frío.


Y en este cagadero de Dioses de un lado y otro, siento un jalón en la camisa. Es mi hija que con


la mirada más dulce me dice que tiene calor, que ya pasé mucho tiempo mirando el dibujo del


hombre malo. Que quiere un helado. Y yo le digo. “Ya vamos Minerva. Ya vamos corazón«.

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[ Al final de la primera sección ]

SE PUDO. Al final logramos que toda la familia pusiera dinero. Bien decía mamá que las esquelas sólo las paga la gente fina. Que, aunque todos somos hijos de Dios, hasta entre perros hay razas. Siempre le costó soportar la debacle económica que implicaba vivir con mi papá y con sus ideas emprendedoras. Y es que él tenía mucha iniciativa. Iniciativa que poco a poco dilapidó la fortuna que a ella le venía de familia. Todo el dinero agotado en las inversiones poco rentables de papá. Las máquinas de dulces, el café de carrito, la fábrica de mochilas. Todos en la familia teníamos el mismo modelo, la Masters edition de triple cierre. De hecho, fuimos la única familia que la tuvo.

Mi papá se fugó del mundo en el 94, y desde entonces mamá sobrevivió sola a las deudas recordando la época en que mis abuelos la llevaban a vacacionar a Bariloche, de compras a Austin y a lugares aún más lejanos. Ah, las crepas en Saint Germain. Yo qué voy a saber de eso. A mí me tocó el tiempo compartido en Acapulco, Huatulco, y luego eventualmente AtlacomulcoYa vendrán tiempos mejores«. De que vienen, vienen, pero lentito. Así, muy lentito. En fin, antes de morir, mi mamá agarrada a su rosario nos dijo a Lety y a mí que quería una esquela, y no en cualquier periodicucho. La quería en Reforma, en la primera sección. Para que todos sus conocidos, todos los empresarios, toda la clase política mexicana, y toda la gente que estuviera buscando las caricaturas, se enteraran que La familia Legazpi lamentaba con profunda consternación el deceso de Mercedes Legazpi. Acaecida el día tal y tal, de tal y cual, bla, bla, bla y que el Señor la tenga en su santa gloria.


Hay que cuidar cómo se ve uno hasta muerto.

Mi papá no tuvo esquela, era un Martínez común y corriente. No había esquela qué hacerle. Yo creo que mamá le guardaba mucho rencor por los años que tuvo que pasar simulando bonanza. Frijoles bayos en platos de porcelana. Sonrisas a las amigas diciendo Mejor nos vemos en tu casa Sonia  Pero más que a papá, creo que mamá se tenía rencor a sí misma. Seguro hubo quién le advirtiera de la mirada loca que tenía mi viejo cuando se entusiasmaba con un proyecto. Si tan sólo los hubiera escrito, uno podría haberse dado cuenta letra a letra de que eran muy malos, pero al contarlos con ese entusiasmo, todos estábamos seguros que ahora sí venía la buena. Yo estoy convencido que a ella le encantaba esa mirada de pomposa bancarrota futura. Pero así es el porvenir. Demasiado lejano pa´ los que vivimos al día. Mamá diría que no se dice pa´ sino para pál caso es lo mismo. Si ella nos ve desde el cielo sabe que no fue fácil, después de quimio$, radio$ y demás medicamento$ prorrogativos, pasó eso de su muerte. Con tarjetas y préstamos acordamos retrasar aún más la llegada de los tiempos mejores. Todo para tenerle un gran servicio funerario. Pero aún después de todo el gasto faltaba una última cosa. Mamá quería su esquela y los muertos como ella no oyen de razones.

Edgar mi hermano, se las arregló para trabajar horas extras en el restaurante hipotecando semanas futuras enteras. Mi tía Alondra (Martínez, no Legazpi), hizo ahora sí el último préstamo. Yo vendí la pantalla LED y Lety pues acabó con sus ahorros. No, no fue fácil, pero al final logramos pagar para incluir la esquela en el periódico de hoy domingo. Ahí estamos los tres en la mesa, pasando esa primera página que habla de narcos muertos en Tijuana y de supuestos héroes que los hicieron caer. Luego la segunda en que se ven las editoriales. Pero en la tercera algo pasa o pasó. Porque del tamaño de toda la página, una esquela anuncia la muerte de la hermana de Carlos Slim. Luego la cuarta, en la que dos empresas suyas lamentan la pérdida, y luego la cinco, la seis, la siete, la ocho y el resto, que tienen a políticos, empresarios, bandidos, buenos, malos, religiosos, agnósticos, ateos. Es decir; todos los hijos de Dios, todo el mundo, uniéndose a la pena que embarga a Carlos Slim Helú, por la muerte de su hermana, Alma Slim de Salem bla, bla, bla, acaecida el ble, ble, ble, y que Dios la tenga en su bli, bli, bli. Y sigue y sigue hasta que al final de la primera sección, en un rincón está la esquela de mamá. Lety nomás dice: ¡Chingado! Edgar me mira sin saber qué decir. Hasta entre perros hay razas.


Ariel Soto (Jalisco, 1977)

Diseñador gráfico y publicista, pero buena persona. Víctima de un montón de obsesiones que lo conminan a escribir relatos cortos con un sentido del humor tan torcido como su vida. Actualmente trabaja en un compilado de cuentos con temor de que la realidad se desgaje antes de terminarlo. Conócelo más en relboy.wordpress.com/



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